“Los supervivientes de los campos de concentración aún recordamos a algunos hombres que visitaban los barracones consolando a los demás y ofreciéndoles su único mendrugo de pan. Quizá no fuesen muchos, pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino para decidir su propio camino.” Viktor Frankl

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miércoles, 30 de marzo de 2016

LA SOLEDAD

La soledad es un sentimiento de aislamiento que provoca angustia, tristeza y malestar, con síntomas parecidos a la depresión y la ansiedad:
-          Sensación de vacío: no se encuentra sentido a la vida.
-          Nerviosismo: la necesidad frustrada de comunicación puede desembocar en un estado de ansiedad prolongado.
-          Disminución de la vitalidad y desesperanza.
-          Mal humor, agresividad, o frialdad: actitudes de frustración que sólo incrementan la distancia con los demás.
Podemos decir que hay tres tipos de soledad, aunque normalmente van unidos:
-          Soledad emocional es la necesidad de establecer un vínculo afectivo con una persona que nos ayude a sentir más seguros e importantes.
-          Soledad  social se refiere a la búsqueda de integración en un grupo con el que compartir aficiones e intereses.
-          Soledad existencial es el sentimiento de que la vida no tiene sentido. Hay que señalar que, los que piensan esto, olvidan que no nacemos con un sentido dado: “La vida tiene el sentido que tú le des”.
¿Qué hace que nos sintamos solos?
-          Las experiencias de poco afecto, separaciones, pérdidas o marginación social aumentarán el sentimiento de aislamiento. Necesitamos un entorno que nos acepte y muestre afecto para un adecuado desarrollo de nuestra autoestima; sino, nos costará más creer que somos dignos de ser tenidos en cuenta.
-          No querernos. Si no nos valoramos crecerá nuestra introversión e iremos restringiendo cada vez más nuestras relaciones.
-          Callar nuestros sentimientos sólo consigue hacernos sentir incomprendidos y que estamos fuera de todo.
-          Pocas habilidades sociales. No se puede obligar a las personas a que nos quieran, ni podemos gustar a todos. Si sólo pensamos en cómo actuamos frente a los demás, nos olvidaremos de lo que ellos necesitan y nos encontraremos con su rechazo. Si queremos evitar esto, tendremos que aprenderlo poco a poco en la participación con los otros.
-          Actitudes negativas como pensar que todos son malos, que eres una víctima, la agresividad o el mal humor sólo consiguen fabricar barreras frente a los demás.
-          El miedo no es más que una forma de protegerse ante los posibles rechazos o heridas y de que conozcan cosas de nosotros mismos que no nos gustan; pero nos impide acercarnos a los demás.
La soledad en compañía
A veces nos sentimos incomprendidos, fuera de todo, que no encajamos, aunque estemos rodeados de gente que nos quiere. ¿Qué puede hacer que nos sintamos así?:
-          Expectativas acerca de la vida poco realistas. Sin experimentarlo ni intentarlo, o teniendo pocas pruebas, afirmamos cosas como “nadie me va a querer”, “todos son iguales”, “no puedo cambiar”, etc.
-          Haber sufrido experiencias negativas, como vivir en un ambiente de tristeza continua, perder seres queridos o padecer situaciones que hayan ocasionado una herida importante a nuestra estima, nos hacen creer que todo será siempre así.
-          Temor al rechazo. Suele iniciarse por un golpe que resiente la opinión sobre nosotros mismos, y que logra que nos sintamos inseguros ante los demás. Ante esa inseguridad aumenta nuestro miedo y se prefiere huir de los otros antes que enfrentar otro rechazo.
-          Desconfianza. Nos cuesta abrirnos a los demás por temor a una negativa que pensamos que es inevitable, lo que nos genera un vacío inmenso; pero no nos damos cuenta de que los responsables de ello son nuestro propio alejamiento y suspicacia, sino que lo justificamos con frases como “no me entienden”, “todos son diferentes a mí”, “la gente sólo va por interés”, etc.
-          Dificultad para expresar sentimientos y opiniones. Sentimos que nuestros puntos de vista y emociones no tienen ningún valor para los demás y preferimos callárnoslos.
-          Una baja autoestima es el origen de todo. No nos valoramos ni nos creemos capaces de gustar, agradar o ser amados. Tan poco importantes nos sentimos que, antes de hacer nada, ya imaginamos el rechazo, cuando los que nos rechazamos somos nosotros mismos.
La soledad ¿elegida?
Los momentos de soledad son los idóneos para relajarnos, reflexionar o disfrutar de las cosas que nos gustan. Ser capaces de estar solos, en la sociedad actual que valora, por encima de todo, la autonomía e independencia, es un valor añadido. Pero no hay que olvidar que las relaciones son algo esencial en nuestro desarrollo y para afrontar las dificultades. Algunas personas disfrazan sus pocas habilidades para relacionarse con los demás en forma de fortaleza e independencia, como una “soledad elegida”; cuando lo único que buscan es, como todos, afecto y respeto.

Cómo superar la soledad
-          Admite el problema y decide qué vas a hacer. Darse cuenta de que sufrimos y que tenemos que hacer algo para cambiar es el comienzo de toda mejora. Pregúntate acerca de tu autoestima, tus miedos, el temor al rechazo.
-          Acepta lo que no puede ser cambiado. El desánimo y la autocompasión sólo logran empeorar todo. Aprende a disfrutar de lo que tienes y toma las cosas con humor, no tan en serio. No elegimos lo que nos pasa, pero sí cómo vivirlo.
-          Ante la pérdida o separación de seres queridos no tengas miedo de tu tristeza. Relájate y ten confianza en que lo superarás; cada vez tendrás más fuerzas y más ganas de volver a conocer a gente. Todo puede cambiar, muchas veces inesperadamente, pero nuestra vida sigue y no debemos tirar la toalla y desaprovechar lo que aún nos pueda ofrecer: está en tu mano hacerte más fuerte, aprender y aliviar en lo posible el dolor.
-          Mantén los contactos personales. No huyas nunca. Aprovecha cualquier ocasión para relacionarte con los demás: el aislamiento será cada vez menor, y también el miedo. Es una oportunidad para nuevas actividades, amistades y distracciones.
-          Toma la iniciativa en las relaciones. Olvídate de tus temores y conoce a quien te interese. No esperes a que lo hagan los demás, ni como tú quisieras; cada uno tiene su forma de ver la vida y eso no quiere decir que te rechacen.
-          Confía en ti. Nadie es perfecto, pero si no nos creemos capaces de hacer algo, no lo haremos. Fíjate en tus puntos positivos y no tanto en los que no te gustan. Eres capaz de cambiar: imagínate consiguiendo lo que quieres, y viendo por fin lo bueno que tienes; será el motor que te ayude a ir hacia delante.
-          Enfrenta los riesgos necesarios para estar con los demás. Tomar decisiones puede significar perder algo, pero es la prueba de que llevamos el control de nuestras vidas; es preferible fracasar que no haberlo intentado. Pierde tu miedo al rechazo y recuerda que si quieres algo, tendrás que buscarlo.
-          Disfruta de tus momentos de soledad; también son necesarios y nos sirven para reflexionar, conocernos, relajarnos y hacer lo que nos gusta.
-          No te encierres: sal a la calle y practica actividades de ocio, culturales o deportivas que te gusten. Te ayudarán a realizarte, te distraerán, aumentará tu ánimo y podrán ser la oportunidad para conocer a más gente.
-          Ten proyectos y objetivos y céntrate en ellos. El cerebro es como un músculo; si le acostumbras a pensar de determinada manera, cada vez se hará más fuerte y capaz para seguir pensando así. Si quieres que no aumente tu sensación de soledad o dolor, piensa en otras cosas: en tus actividades, tus ilusiones, lo que te gusta hacer, etc.        
-          Si aún haciendo todo esto no te ves con fuerzas, acude al especialista de la psicología, te ayudará a dar el primer empujón.